A partir de una pregunta de Lianet Hernández

Aquella especie de Línea de Nazca humana dormiría limpio de conciencia esa noche, tirado en su cama como Tenochtitlan sobre un lago de sudor. Las punzadas casi desaparecían tras haberse hecho tatuar no pocas de las ochenta y ocho páginas del libro La Línea, Premio Casa de las Américas del concurso de 1975, escrito por Beatriz Doumerc e ilustrado por Ayax Barnes. Sin detener su masacre de bordador, el tatuador le había preguntado por qué razón se sometía a semejante pespunte. Es un castigo a cierta flaqueza inconfesable, le contestó el penitente sin soltar prenda. Y es que este hombre, latinoamericanista hasta la médula, tenía en su conciencia una culpa incurable: jamás pudo rebasar la primera página de Las ruinas circulares, de Borges. ¿Sería tan fiel lector cuando ignoraba que el escritor argentino dijo que si no progresabas con un libro era que no había sido escrito para ti? Para reafirmar su ideología de Visión de los vencidos quiso tatuarse pinturas de artistas latinoamaericanos. Descartó de Matta a Le Parc, de Berni a Cruz-Diez... Tanto le habría gustado llevar entre estómago y corazón el Martín Fierro de Castagnino... pero cada gaucho, caballo y boleadora de aguatinta representarían una queja de dolor y una posible infección en su piel. A punto de desistir descubrió un librito de dibujo lineal e infinito que radiografiaba nuestro mundo. Pensó que el futuro tatuaje ganaría un plus didáctico y que su cuerpo funcionaría como un libro de auto ayuda. Eligió además estos dibujos de Ayax Barnes por su sencillez que funcionaba como anestésico, un truco incluso permisible para fortalecer ideales muy debilitados. El libro de la Doumerc y Barnes anticipaba en portadilla que una línea es una sucesión de puntos; y que la historia, de hechos. Los puntos hacen la línea, y los hombres la historia. Nuestro amigo reconoció en este algoritmo fundacional un fraseo de marimba y una de esas cortinas de semillas que suenan al viento en casas, casuchas y chozas del continente. Durmió de un tirón, satisfecho del método de curación y de la cura. Al despertar abrió los brazos y volteó su espalda, pintada con líneas negras, hacia el sol que entraba por la ventana. Creyó ser el tigre de Norah en la jaula de un zoológico de Buenos Aires y que Borges era el sol de esa mañana.
Gráfica y musica / Monigote en la arena