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Frankétienne

Entre el sueño y la pesadilla

Sábado 18 de octubre de 2003. Ha llovido mucho en estos últimos tiempos. Intensas lluvias tormentosas. Aguaceros destructores. Avalanchas furibundas. Espantosas inundaciones. Una vez más, los habitantes de las villas-miseria han sido las primeras víctimas de las aguas enfurecidas. Y los perros nadaron en el lodo. Chapotearon en el lodo. Y comieron lodo. Un pantano de llagas cadavéricas en plena putrefacción. Una exposición barroca de inmundicias y escombros heteróclitos. Sin embargo, el sol caribe todavía está ahí, más terco que nunca. Sonriendo. Burlándose. Vociferando. Bailando. Pataleando en una orgía de luces gratuitas y clamores extravagantes, como para reírse de nuestras desdichas cotidianas y de nuestras tonterías seculares. 

Tarde del sábado 18 de octubre de 2003. Encuentro con la artista Bárbara Prézeau y el cubano Reinier Pérez, quienes me solicitan un texto para el próximo número de la revista Casa de las Américas, que aparecerá a principios de 2004, en ocasión del bicentenario de la independencia haitiana.
Bárbara Prézeau, directora de la Fundación y el Centro Cultural AfricAméricA, me ha demostrado siempre una gran admiración por mi obra literaria y pictórica. El cubano me pareció, desde el primer momento, inteligente y simpático.
Primero me negué. Y luego acepté escribir un texto, después de toda una serie de reticencias y variados titubeos.

–No tendré tiempo. Viajo el miércoles por la mañana.

–Podrías adelantarnos algunas cuartillas antes de irte.

–No es cuestión de que escriba cualquier cosa.

–Seguramente tú ya tienes algo listo sobre la independencia de Haití.

–De todas maneras, necesitaría hacer un reacomodo de los fragmentos disponibles para tener un texto apropiado y válido.

–Tú puedes lograrlo.

–Bueno. Voy a retrasar la fecha de mi partida. Y ustedes lo tendrán para fines de semana.

–Gracias.

–Haré un montaje que oscilará entre lo objetivo y lo subjetivo, y viceversa. He sido profesor de Ciencias Sociales durante unos veinte años. Pero soy, esencialmente, un artista, un poeta, un rebelde.

–Mejor aún. Es garantía de originalidad.

–Les advierto desde ya que no voy escribir una apología almibarada de 1804. Me referiré a las utopías, ilusiones, traumatismos y fracasos que hacen que mi país haya estado flotando, dolorosamente y durante dos siglos, entre vivir y morir, entre el sueño y la pesadilla.

–Ninguna objeción. Ninguna restricción. Eres absolutamente libre de escribir el texto como tú lo sientas.

 Mi tierra perra extraviada no ha perdido

sin embargo nada de su esplendor

 País de antigua opulencia vegetal y claridades viejas en la estrellería de un sol quebrado.

País paraíso perdido, escapado de la chatarra esclavista para volver a caer, rápidamente, en el infierno de la estupidez.

País de falso silencio de ferocidad salvaje y pura atrocidad de una crisis perpetua con sabor a eternidad.

País real o surreal

país mítico

país ficticio

mi país paradoja de viajes inmóviles y caminos imposibles.

Estoy muy convencido, doblemente convencido, de que mi país existe y que al mismo tiempo no existe.

 La Historia haitiana está jalonada por una sucesión de fracasos desastrosos que han tenido como resultado el despedazamiento de los sueños colectivos, la evaporación de las utopías generadoras de unidad nacional y la dilapidación de nuestras riquezas materiales y humanas.

El fenómeno de aglutinamiento colectivo alrededor de un proyecto mayor de unificación y modernización, nunca pudo concretarse bajo el peso y los efectos negativos de la extremada compartimentación social, de las divergencias irritantes, de los antagonismos exacerbados y los disensos que siempre nos han parecido insuperables, gracias a la persistencia de capillas, de castas, de categorías cerradas, de tribalismo tenaz, del atomismo histórico-socio-político y de las nefastas influencias extranjeras, fuertemente impregnadas de hostilidad y racismo.

La ausencia dramática de la nación haitiana persiste como un hecho histórico incuestionable, a pesar de la existencia de un territorio, una población, un Estado y un gobierno.

El territorio, no habiendo sido jamás administrado con amor, eficiencia y racionalidad, se ha depauperado en el curso de veinte decenios de indiferencia e irresponsabilidad.

La población y la sociedad entera no han compartido jamás un sueño común unificador.

El diversionismo tribal, las cizañas grupusculares, los antagonismos de casta, las divergencias de capillas y la balcanización de los intereses mezquinos terminaron por romper los resortes de la sociedad haitiana. Y la población, en ausencia de un pacto de reparto colectivo y de consentimiento mutuo, que habría traducido la voluntad de vivir todos juntos, se redujo a un extraño fenómeno de dispersión atomizada. Una mitología individualista aterradora y estéril. Una metafísica de la soledad, con aquí y allá algunos núcleos aglutinados alrededor de un islote de solidaridades accidentales, contingentes, temporales y frágiles. Desde el período colonial, jamás hubo un diálogo verdadero, ni negociaciones auténticas, menos aún deliberaciones colectivas en torno a un contrato social global.

El Estado y el gobierno, en perpetua complicidad, siempre se aliaron en una fusión nefasta y negativa que también siempre obstaculizó la eclosión de la nación y yuguló todos los esfuerzos de las masas populares que, instintivamente, reivindicaban constituirse en Grupo Unitario de vocación nacional. En cuanto a las masas rurales, nunca tuvieron derecho a la palabra autónoma y libre. La Unidad, aun sin excluir las contradicciones sociales inevitables y los conflictos de clase, constituye la piedra angular, la estructura fundamental y el soporte de base de todo edificio nacional: es lo que jamás hemos tenido desde el período heroico de las guerras de liberación. Con elites egoístas y sin visión de porvenir. Un Estado depredador administrado por una minoría de gozadores privilegiados. Y una sucesión de gobiernos oscurantistas, irresponsables, reaccionarios, déspotas y hostiles a toda verdadera modernidad funcional y colectivamente rentable. La independencia no implica automática y forzosamente el nacimiento de la nación. La emergencia nacional constituye un proceso largo y laborioso que entraña la puesta en marcha de la Unidad de la Conciencia Nacional, movilizada alrededor de un Ideal común. Un proyecto común. Un sueño común. Una búsqueda común.

 Aún en la memoria, ¿ha muerto mi país?

 Mi país Haití existe con su identidad, su historia y su cultura específicas. Con sus signos particulares. Sus llagas. Sus heridas. Sus humores. Sus tumores malignos. Sus cicatrices retoñando flores espinosas. Su memoria a la vez tierna y rebelde. Su dulzura. Su rugosidad. Sus pataleos desarmantes. Sus meneos carnavalescos. Sus bellezas sensuales, insólitas, impalpables, intangibles y secretas. Sus fealdades irritantes. Sus anomalías desconcertantes. Su misterioso salvajismo indomable. Su diversidad a menudo sorprendente con compartimentos estancos y diferencias pasmosas. Desigualdades insostenibles e injusticias repugnantes. Un cine cotidiano fenomenal con sucesos inesperados donde las risas, las exclamaciones barrocas, el desborde de lágrimas, las convulsiones a la vez enfermizas y jubilosas, las erupciones de violencias odiosas y los arrebatos de generosidad, los celos feroces y la solidaridad espontánea, el coraje y la cobardía, la fuerza y la debilidad, lo trágico y lo cómico se empalman, se entrelazan, se entremezclan, se entreanudan, se entretejen y se confunden en una trama indescifrablemente compleja y caótica que desarma la lógica tradicional y ahuyenta la racionalidad primaria.

Ese país existe, incuestionablemente.

Pero, al mismo tiempo, de manera paradójica, tampoco existe.

Mi país Haití no existe bajo el peso de las leyendas y los mitos. Por lo menos, ha dejado de existir.

Ha necesitado dos siglos de lento naufragio, interminablemente largo, para zozobrar pausadamente, sorprendentemente suspendido en la eternidad de un sueño inaudito. Un proyecto de liberación, de autonomía, de independencia y de soberanía infinitamente inconcebible, casi imposible, con relación al predominio indiscutible de las ideologías oscurantistas y a la hegemonía de las potencias imperiales esclavistas y colonizadoras.
¿Hay que temer las quimeras de la utopía militante?

 Mi país ha naufragado trágicamente bajo el peso excesivo de su propia historia. Drogado, asfixiado por una sobredosis de sueño, de imaginario y de utopía. Una emergencia precoz. Un nacimiento prematuro. Un surgimiento fabuloso. Una epopeya fulgurante que petrificó de consternación a los escépticos, los incrédulos y los bárbaros disfrazados de civilizadores, abiertamente hostiles a este intruso inadmisiblemente perturbador.

 Desde 1804, inmediatamente después de nuestra independencia, el Estado y casi todos los gobiernos reprodujeron los mismos esquemas de exclusión y sometimiento de las masas rurales y populares. Ese embrión de Estado se constituyó en contra de los campesinos marginados bajo la designación peyorativa de «mundo de afuera». Y el conjunto del espacio rural integraría el «país de afuera», es decir, el país lateral, país excluido, país a un lado, país exterior, país periférico con relación a los principales centros urbanos que detentan todos los poderes de decisión.

Las oposiciones, las discriminaciones, las exclusiones producidas por el colonialismo esclavista se mantuvieron y se reforzaron hasta carcomer por completo el cuerpo social haitiano.

Enorme foso económico entre la masa de pobres y una minoría de ricos. Superioridad del cristianismo impuesto como religión de Estado y rechazo camuflado del vodú. Disparidad entre el creol y el francés. Divisiones irritantes entre los mulatos y los negros. Reparto absurdo entre una supuesta elite y las masas populares. Y después, toda una sucesión de enfrentamientos hechos a fuerza de bajezas, de golpes de Estado antipopulares. Sin olvidar las inacabadas guerras internas. Las escaramuzas y las guerras civiles que contribuyeron notablemente a debilitar el país en todas las esferas.

Hoy más que nunca son tangibles los resultados de las tragicómicas fantochadas políticas. De las nefastas y malsanas bufonadas, de las cuales todo el país es víctima. En primer lugar, las capas tradicionalmente desfavorecidas. Falta de escuelas en las provincias, en las zonas rurales. La enseñanza primaria, secundaria y universitaria como un juego de azar. Red de caminos insuficiente. Producción de energía eléctrica deficiente. Destrucción de los campos agrícolas. Erosión galopante y desertificación. Carencia de agua potable. Tasa elevada de desempleo y analfabetismo. Marginalización de todas las zonas urbanas a escala nacional. Importación masiva de productos extranjeros, mientras que cada vez más no producimos absolutamente nada. Degradación del medio ambiente. Pauperización de las clases medias. Derrumbe de la moneda nacional. Institucionalización de la corrupción. Delincuencia generalizada. Éxodo masivo a países extranjeros, considerados más hospitalarios. Y, dejando de lado una multitud de problemas, unos más dolorosos que otros, tengamos la valentía de mencionar el descalabro intelectual, moral y espiritual del hombre haitiano. Nos encontramos frente a un país, el nuestro, en plena delicuescencia. En plena disolución.

Es evidente que tenemos un territorio arruinado, desertificado, víctima de la polución. Una población hambreada, exangüe, en el límite de sus fuerzas. Familias arruinadas, con excepción de los nuevos ricos que lograron izarse hasta la cúspide de la jerarquía económica y financiera a través de circuitos paralelos, prohibidos o clandestinos. Una parte de la burguesía haitiana tradicional, el eslabón más débil y honesto de esa categoría de hombres de negocios, se tambalea, rechazada y llevada a la ruina tanto en el plano industrial como en el comercial. Al final, sólo queda una pequeña franja de esa burguesía que ha sabido sortear con éxito los escollos. Pero, desgraciadamente, con excepción de raros especímenes de individuos marginalmente honestos, esa maldita franja se compone de negociantes sin fe ni ley, de oportunistas peligrosos, de fabricantes de golpes de Estado, de estafadores, de contrabandistas, de virtuosos expertos en hacer pasar gato por iebre, de pérfidos maestros en nadar sin mojarse, de especialistas en hablar mucho para no decir nada, de amigos y partidarios de todos los gobiernos en ascenso, de chulos y bolsistas sin ninguna vergüenza.

Esa burguesía asquerosa, esta porción reducida de superprivilegiados siempre estuvo y está en la cúspide. No tiene ni patria ni partido político. Su ídolo es el fetiche oro. Siempre se las arregla para estar presente al lado de todos los jefes de Estado poderosos.

No es esa burguesía, desprovista de generosidad, de dignidad y de humanismo, la que podría engendrar un proyecto nacional capaz de catalizar los recursos materiales y humanos a fin de crear la nación haitiana. Es una burguesía canalla, una burguesía sobrecargo, una burguesía comisionada, una burguesía lumpen, miserable y destartalada, a pesar de los millones rapiñados vergonzosamente en la oscuridad de estos últimos cinco años.

 Haití ya triplemente condenado a orillas del siglo xix como una anomalía, un desafío, una amenaza. Innumerables enemigos externos se las arreglaron, con la cínica complicidad de los pejes gordos internos, grandes devoradores de alta estirpe, carniceros voraces de pura sangre, para cerrarle el paso a la luz milagrosa.

Es innegable que el milagro ocurrió por vez primera, oficialmente, el 1 de enero de 1804. Pero la concretización ulterior y práctica del milagro, bajo la forma de un país viable y vivible, no se produjo jamás. Y el milagro abortado, bajo el efecto negativo de la pérfida coalición entre las diversas fuerzas agresivas, degeneró en la ruina progresiva y tangible del espacio haitiano y en la desnaturalización oculta, pero cada vez más ostensible y hoy más que evidente, de nuestras estructuras mentales, espirituales y morales. 

Más allá del sueño, la aurora de las manos abiertas... y un puente para cruzar.

Pero el sueño se prolongó

Y el despertar se hizo pesadilla cotidiana 

Los dos componentes o las dos alas de la burguesía haitiana estuvieron siempre en conflicto, a lo largo de todo el siglo xix y la primera mitad del xx, por el reparto del poder. El reparto del pastel. El reparto de los intereses económicos y financieros. El reparto de los bienes materiales. El reparto de los beneficios concretos que procura la gestión directa de los asuntos de Estado. El sector negrista siempre supo jugar cínicamente con la cuestión del color a fin de eliminar al sector mulato. Pero en cuanto se apaciguaban las hostilidades, los negristas y los mulatistas se ponían de acuerdo, como siempre, para apartar a las masas de la esfera política.

Es por eso que, dentro de una perspectiva unitaria y global, hago responsable a las dos alas de la burguesía haitiana, que habrían tenido que entenderse desde 1804, no para aplastar a las masas y sus reivindicaciones, sino para unirlas en torno a un proyecto de creación nacional y de desarrollo general del país. Algunos burgueses mulatos debieron pensar, sobre todo en el marco del Partido Liberal Bazelaisista, en dotar al país de estructuras modernas, pero jamás creyeron en la necesidad primordial de un sueño, de una utopía, de un mito fundador alrededor del cual habrían podido reagrupar a las masas populares, sin prejuicios, sin discriminaciones, sin exclusivismos, a fin de edificar una verdadera nación. Éste es el reproche que yo hago a los mulatos ricos de mi país.

En cuanto al ala negrista de la burguesía haitiana y de las clases medias acomodadas, jamás tuvo tampoco un proyecto nacional. Desde 1804 hasta nuestros días, no ha abrigado más que un único sueño egoísta y mezquino: enriquecerse voraz y rápidamente a fin de poder cruzar la línea de demarcación del color y atravesar la frontera de las contingencias sociales, con el propósito de convertirse en «negros mulatos originales de pelo crespo, nariz aplastada y labios gruesos». Habiendo accedido, frecuentemente, a la riqueza económica y al bienestar material por medio del robo, las dilapidaciones, las prevaricaciones, las actividades ilícitas y las prácticas de corrupción, una buena parte de esa ala negrista siempre ha hecho gala de una ferocidad infernal para con las masas populares.

Condeno a toda la burguesía haitiana en su globalidad estructural. Los dos segmentos constitutivos de esta entidad, uno negro y el otro mulato, deberían haber tenido la visión, la inteligencia y la lucidez de comprender que las dos alas de un pájaro son inútiles y puramente decorativas si el cuerpo del pájaro desfallece. Alas y cuerpo deben armonizar para que el pájaro pueda volar y saber adónde va. Sin embargo, las masas populares aliadas a las partes sanas de las clases medias representan, efectivamente, el cuerpo del pájaro, aun cuando podamos reprobar el oportunismo de las clases medias y la cobardía de la pequeña burguesía haitiana.

Corriendo el riesgo de disgustar a los superpatrioteros, mantengo que jamás hemos sido una nación. No somos una nación porque hemos fracasado en todos los acontecimientos fundadores de la nación haitiana gracias al error de las elites, negras y mulatas, que nunca asumieron para su propia patria una visión a largo plazo.

La insurrección general de los esclavos, las guerras de liberación y la independencia permanecen como hechos históricos mayores que después nosotros mismos nos encargamos de malograr, desnaturalizar, bastardear, ensuciar y encharcar por ignorancia, y también por nada, con la astucia, la duplicidad, la irresponsabilidad de las clases dirigentes y la complicidad de las fuerzas externas, hostiles al joven Estado rebelde.

Las masas rurales, urbanas, campesinas y obreras no estaban en absoluto preparadas intelectual y técnicamente para concebir la puesta en forma y la puesta en marcha práctica de un proyecto nacional. Programación, planificación, racionalización, proyección a largo plazo no eran asunto de su competencia. Apenas liberadas de la esclavitud, la libertad y la independencia representaban a sus ojos conquistas sustanciales mayores, aun si unos pocos líderes trataron de propulsar las masas al seno de movimientos de revolución nacional. Acao, Goman y los otros fracasaron frente a la indiferencia y la cobardía de las clases medias antipopulares, frente a las vacilaciones oportunistas de la pequeña burguesía, frente a los recelos y traiciones de numerosos intelectuales salidos, sin embargo, de la matriz popular.

En esa óptica, tendríamos que expresar nuestro punto de vista sobre el fracaso lamentable del movimiento comunista haitiano: los errores en la base, los análisis cojos, las aproximaciones ideológicas torcidas, los resbalones en las perspectivas, el déficit de representatividad, la falta de raíz popular, los accidentes en el camino, las opciones erradas del Partido de la Alianza Popular con Jacques Stephen Alexis y la monumental superchería del pícaro de Roger Mercier en el seno del Partido Comunista Haitiano.

 Medio siglo de teatro parabÓlico

en el ángulo oblicuo de los párpados cerrados.

 Rara evolución

El mar en un foso como una huella de acero en sus antiguas fisuras

la sal pura de los acantilados

como un puente hacia el cielo.

 La abstracción seductora de una vagina tenebrosa.

 Y, en vísperas de 2004, Haití se ha convertido en un black hole, en un horrible agujero negro, una pavorosa estrella apagada que sigue todavía hoy desprendiendo una energía enigmática, prodigiosa, potente, misteriosa, pero desgraciadamente negativa, que chupa y devora violentamente todos los cuerpos que, fascinados por El Hocico de la Nada, se aproximarían a ella sólo por ignorancia, por imprudencia o por curiosidad.

 La indecencia del olvido al vaivén de la memoria entumecida de terrores.

 Curiosamente grávida de una mezcla heteróclita de sueños imposibles y de realidades violentas, mi tierra dolorosa, mater dolorosa, se agita al soplo de mutaciones mayores y metamorfosis monstruosas.

¿Cómo discernir las palpitaciones vitales de las convulsiones maléficas y mortíferas?

El pensamiento turbulento

 con la urgencia de un cambio.

Un espectáculo de amor loco

Una escritura del desastre.

OSAR lo que se mira.

Entre las patas de la esfinge, mis dudas, mis amores, mis desiertos, mis enigmas, mis utopías, mis sufrimientos y mis incertidumbres se amontonan sobre un cúmulo de arena al latido de un país que al mismo tiempo existe y no existe.

En cuanto a la nación haitiana, nunca existió. No existe todavía. Puede ser que por desfase, por fracasos reiterados y sobre todo por carencia de nuevos mitos fundadores de una sociedad haitiana moderna, capaz de funcionar adecuándose al Mundo Global fuera de todo mimetismo aniquilador, no existirá más. No existirá jamás. Condenada desde ya a ser tragada y a disolverse de manera impersonal y anónima en el vientre de la máquina globalizante, cuyo actual funcionamiento salvaje descansa en el fenómeno brutal de la fagocitosis digestiva uniformadora.

Importante preocupación que debería interpelar la conciencia ciudadana.

Traducción del francés por Ana María Radaelli